No sé si seré la única persona en todo el mundo a la que las canciones ''de fiesta'' la ponen depresiva. A lo mejor es por los recuerdos de esas interminables noches que sé que ya nunca volverán.
De verdad, da tanta rabia cuando algo te sale mal... como para que encima estén las malditas canciones recordándotelo constantemente.
Es horrible y doloroso. Y a veces me hace sentir tan sola -estando rodeada de gente- que me dan ganas de atracar un banco e irme al otro lado del mundo y no volver jamás...
Pero yo qué sé, al fin y al cabo, toda esa mierda te hace sentir vivo.
sábado, 14 de marzo de 2015
domingo, 11 de enero de 2015
Cuando quieres que alguien se quede.
Cuando era más pequeña, -tendría unos dieciséis años-, fue la primera vez que ''me rompieron el corazón'', por así decirlo.
En ese entonces sentía que de verdad se había roto, y que nada volvería a ser lo mismo, y en parte era verdad. Todos sabemos que cuando nos pasa eso por primera vez, el mundo deja de ser igual. Y luego lo superamos, y seguimos, y seguramente somos felices independientemente del pasado que llevemos atrás, aunque esté ahí.
Pues recuerdo, que en esa época, cuando yo sentía que nada más tenía sentido y que jamás volvería a encontrar a nadie que me hiciera sentir lo mismo que me había hecho sentir esa persona que se acababa de ir, leí una historia.
Por casualidad, en una de esas tardes que pasas enteras, tú solo y una pantalla, con una manta y bastantes cosas que comer, pues una de esas tardes divagando por internet, yo encontré una historia, tan breve y triste a la vez que mi exagerado corazón sintió que fue marcado con un antes y un después.
La historia hablaba sobre líneas.
Las líneas paralelas, por ejemplo. Tienen mucho en común. Son dos líneas, en teoría exactamente iguales, que vienen del mismo lugar y se dirigen juntas hacia el mismo destino, pero están completamente separadas, y nunca, nunca, se van a encontrar, porque si se encontrasen, dejarían de ser lo que eran; dos líneas paralelas.
Pero pensemos que, bueno, que renuncian a ser dos líneas que tienen mucho en común y nunca se van a cruzar, y hagamos que se crucen, vale.
Se han cruzado una vez, pero ahora son líneas que han tomado rumbos distintos, y ni vienen ni van al mismo lugar, y ya no tienen nada en común.
Por no contar el hecho obvio de que nunca más van a volver a cruzarse, ni a caminar juntas aunque separadas.
Pues esta historia es aplicable a nosotros, a nuestros amores imposibles, a esos amigos que hacemos una noche y jamás volvemos a ver, a esas personas que conocemos de vacaciones, en ese caso, ellos son líneas que iban en otra dirección y se han cruzado con nosotros.
Pero, ¿y en el caso de las líneas paralelas?
Yo siempre las interpreté como una de esas personas que ves ahí, de pie, hermosas, lejanas y deslumbrantes, esas personas que miras a los ojos y sientes que tenéis demasiado en común como para no tratarse de una broma. Sientes que es una broma su mera existencia y su presencia ante ti, que tal vez es demasiado perfecto y debe tener algún error.
Y bueno, lo tiene.
Y es que esa persona es una línea paralela a ti, pero no te das cuenta hasta que dices: ''tengo que intentar llegar hasta ella''.
Y, si consigues llegar, si la luz no te deja ciego, logras rozarla con la punta de los dedos, y sientes las terribles ganas de poder hacer eso a diario, entonces, te conviertes en una línea cruzada.
Ahí es cuando te das cuenta de que era una línea paralela a ti, miras atrás pensando en cómo no te has podido dar cuenta antes de semejante verdad y sabes que ni su rumbo ni el tuyo es ya el mismo, pero que tienes que seguir adelante y cruzarte con muchas más líneas aún, y seguramente, tarde o temprano, alguna de esas líneas sea paralela a ti, pero esté tan, tan cerca, que nunca necesitarás cruzarte con ella para echarla de menos.
Bueno, pues ya han pasado casi cuatro años desde que leí esa historia por primera vez, y hoy tengo que recordarla otra vez y convencerme a mi misma de que a veces, hacer un sacrificio y cambiar un poco tu camino para cruzarte con otra línea que jamás volverás a ver, hace daño, -mucho daño- pero vale la pena -mucho, también-.
lunes, 3 de noviembre de 2014
Lluvia de estrellas.
Hay veces en la vida en las que te das cuenta de que estás viviendo un momento de película. Piensas: ''es increíble que me esté pasando esto a mi'', pero todo es real, y tú sólo suspiras y te sientes lleno de amor.
Eso me pasó a mi esa noche bajo las estrellas, en mitad de la nada y con ganas de todo. No nos pesaba el sueño en los párpados ni nos faltaban las palabras, simplemente estábamos ahí, formando parte del Universo, como debía ser.
Tal vez no pueda olvidar aquello porque llevaba demasiado tiempo sin sentir algo así, y porque tenía tanto miedo pensando en cuándo volvería a sentirlo, que me temblaban las piernas, no solamente por culpa de tus manos.
Y ahora escribo esto tan lejos de ti, a tantos kilómetros que me duele algo dentro, y miro por la ventana, y veo las hojas bailando con el viento, y las nubes azules mirándome amenazantes, y en ese momento, es cuando sé que jamás volverá a pasar.
Sé que nunca más volveré a ver esas mismas estrellas contigo, que esta distancia nos ha podrido por dentro y que ya no me sonreirás a lo lejos y caminarás hacia mi con los brazos extendidos, ni yo me dejaré abrazar.
Porque lo bonito del momento fue eso, que fue sólo un momento.
Eso me pasó a mi esa noche bajo las estrellas, en mitad de la nada y con ganas de todo. No nos pesaba el sueño en los párpados ni nos faltaban las palabras, simplemente estábamos ahí, formando parte del Universo, como debía ser.
Tal vez no pueda olvidar aquello porque llevaba demasiado tiempo sin sentir algo así, y porque tenía tanto miedo pensando en cuándo volvería a sentirlo, que me temblaban las piernas, no solamente por culpa de tus manos.
Y ahora escribo esto tan lejos de ti, a tantos kilómetros que me duele algo dentro, y miro por la ventana, y veo las hojas bailando con el viento, y las nubes azules mirándome amenazantes, y en ese momento, es cuando sé que jamás volverá a pasar.
Sé que nunca más volveré a ver esas mismas estrellas contigo, que esta distancia nos ha podrido por dentro y que ya no me sonreirás a lo lejos y caminarás hacia mi con los brazos extendidos, ni yo me dejaré abrazar.
Porque lo bonito del momento fue eso, que fue sólo un momento.
miércoles, 24 de septiembre de 2014
00:19
Qué sentimiento más desolador este. El de la noche fría, -y el tan esperado frío, que ahora se hace incómodo cuando yo pensaba que era lo mejor que me podía pasar-, el viento impasible y el color azul...
En el fondo de mi ser, sé que olvido algo, pero no consigo recordar de qué se trata. Pero lo sé, sé que hay escondido un ''algo'' que me perturba, sé que existe(s).
Y a veces, cuando divago entre las sombras, o vuelvo dando volteretas a casa a las tantas de la mañana, te llevo más presente que nunca. Es como si te sintiera más presente precisamente en mis momentos más impresentables.
Otras veces simplemente sueño que te hablo, que entrelazamos las manos, y nos dormimos así, bajo el mismo techo, y bajo el mismo aura, sintonía y perfección.
Y otras veces siento que olvido algo y no sé el qué.
Ojalá alguien pudiese entender esto que estoy escribiendo. A estas alturas solamente pediría eso.
domingo, 3 de agosto de 2014
Frágil, léase con cuidado.
Conozco demasiado bien ese sentimiento de destrucción. Eso que se siente cuando oyes algo que no necesitabas saber, y es como si algo se rompiese dentro.
O cuando lees mensajes antiguos y sientes que te están golpeando con un bate de béisbol en el pecho con la intención de romperte el corazón.
Pues el sentimiento de autodestrucción es mucho más destructivo aún. Es jodido, es tan jodido que hay veces en las que pienso que preferiría no sentir nada a sentir eso, y lo peor de todo es que lo provoco yo.
Mis amigos lo llaman: ''El chico que te destruye''. Pero no, a mi nadie me destruye. Me destrozo yo a mi misma, al parecer algo en mi interior disfruta con ello, porque mientras me rompen el corazón, pienso: ''volvería a hacerlo''.
Él no es el chico que me destruye. Es el cabrón, consciente de mi sufrimiento pero inmune a él, y al cual le encanta que me destruya.
Aunque la verdad es que, en esas noches interminables en las que miro al techo esperando a que amanezca, (como si eso fuese a salvarme de algo) me doy cuenta de que estoy harta de esta mierda. Y de que no sé cuánto voy a aguantar que siempre, siempre sea y pase lo mismo. Pido una tregua, a Dios, al destino, al karma, o a mi misma, pido una tregua, y poder amarte sin miedo de lo que tú sientas, porque este sentimiento es horrible, porque te quiero y no puedo.
O cuando lees mensajes antiguos y sientes que te están golpeando con un bate de béisbol en el pecho con la intención de romperte el corazón.
Pues el sentimiento de autodestrucción es mucho más destructivo aún. Es jodido, es tan jodido que hay veces en las que pienso que preferiría no sentir nada a sentir eso, y lo peor de todo es que lo provoco yo.
Mis amigos lo llaman: ''El chico que te destruye''. Pero no, a mi nadie me destruye. Me destrozo yo a mi misma, al parecer algo en mi interior disfruta con ello, porque mientras me rompen el corazón, pienso: ''volvería a hacerlo''.
Él no es el chico que me destruye. Es el cabrón, consciente de mi sufrimiento pero inmune a él, y al cual le encanta que me destruya.
Aunque la verdad es que, en esas noches interminables en las que miro al techo esperando a que amanezca, (como si eso fuese a salvarme de algo) me doy cuenta de que estoy harta de esta mierda. Y de que no sé cuánto voy a aguantar que siempre, siempre sea y pase lo mismo. Pido una tregua, a Dios, al destino, al karma, o a mi misma, pido una tregua, y poder amarte sin miedo de lo que tú sientas, porque este sentimiento es horrible, porque te quiero y no puedo.
domingo, 29 de junio de 2014
Nadie es demasiado mayor para oír un cuento de hadas.
Lucila siempre tenía que atravesar un bosque para llegar hasta casa, y aunque solamente tuviese cuatro años, su padre la dejaba ir y venir siempre que quisiera, sola o acompañada, porque el pueblo era tan pequeño y ya se conocían todos tanto, que sentía que no tenía nada que temer.
Y estaba en lo cierto, porque Lucila no se separaba de sus amigas, y ellas la protegían y se preocupaban por ella hasta que cruzaba la carretera que daba al pueblecito de la niña.
Pero las amigas de Lucila no eran el tipo de amigas que solían tener las niñas pequeñas. Las amigas de Lucila eran hadas que habitaban en el bosque, que salían cada vez que el anaranjado sol se ponía, ya que de día era peligroso; solía venir gente de la ciudad a hacer fiestas, celebrar cumpleaños o preparar barbacoas, sobre todo en esa época de verano, y no sería la primera vez que una de ellas era sorprendida por un humano.
Esa noche, Lucila volvía a casa poco antes de que el sol se pusiera, pensando en sus amigas, y deseando que llegase ya el día siguiente para poder volver a verlas. Podía verlas muy poco, porque debía marcharse pronto a casa, pero ese sentimiento de infelicidad por no pasar mucho rato con ellas, se esfumaba cuando le hacían pequeñas ofrendas y regalos para que no se sintiera sola. El regalo de ese día había sido una pequeña piedra, que, según le dijeron sus amigas, cada vez que la tocara escucharía la risa y sentiría el amor de un hada, y sería como estar con ellas de nuevo.
lunes, 6 de enero de 2014
Llueve dentro.
Esa presión en el pecho: dulce nerviosismo.
Eso, y las ganas de verte.
Esa combinación.
Cómo lo echo de menos... Lo echo de menos porque siento que ahora te conozco demasiado. Es horrible esto de conocerte. Eras perfecto siendo un desconocido.
Me siento como la protagonista de un libro que leí.
Trataba de una chica rebelde, que vestía de una manera poco usual y se pasaba la noche en conciertos de grupos de rock o grunge. Y acabó enamorándose de un chico universitario, increíblemente educado (y aburrido), que no se arriesgaba por romper una sola norma.
Pues, yo soy ella, y él eres tú.
No somos como la descripción de ellos, no tenemos su personalidad. Pero el caso es el mismo.
Me encantaba el brillo de tus ojos cuando hablabas de tu música, de tus ideales. Y, aunque a veces no tuviese ni idea de qué estabas hablando, me sentía la persona más importante del mundo al saber que confiabas en mí, me sentía inmensamente grande, no la escoria de siempre.
Pero cuando te ibas, volvía a ser escoria sin ti.
Nunca tuve el valor de decirte todo eso. Tal vez por eso te fuiste.
O tal vez ya lo sabías, y por eso lo hiciste.
Cuando te dije que tenía miedo a enamorarme de ti, la verdad es que fui una mentirosa, porque ya lo estaba, enamorada hasta las trancas, y el miedo lo sentí en ese momento, al mirarte a los ojos y darme cuenta de que, si en este momento te perdía, no me lo iba a perdonar nunca.
Y he cumplido. No me lo he perdonado.
Eso, y las ganas de verte.
Esa combinación.
Cómo lo echo de menos... Lo echo de menos porque siento que ahora te conozco demasiado. Es horrible esto de conocerte. Eras perfecto siendo un desconocido.
Me siento como la protagonista de un libro que leí.
Trataba de una chica rebelde, que vestía de una manera poco usual y se pasaba la noche en conciertos de grupos de rock o grunge. Y acabó enamorándose de un chico universitario, increíblemente educado (y aburrido), que no se arriesgaba por romper una sola norma.
Pues, yo soy ella, y él eres tú.
No somos como la descripción de ellos, no tenemos su personalidad. Pero el caso es el mismo.
Me encantaba el brillo de tus ojos cuando hablabas de tu música, de tus ideales. Y, aunque a veces no tuviese ni idea de qué estabas hablando, me sentía la persona más importante del mundo al saber que confiabas en mí, me sentía inmensamente grande, no la escoria de siempre.
Pero cuando te ibas, volvía a ser escoria sin ti.
Nunca tuve el valor de decirte todo eso. Tal vez por eso te fuiste.
O tal vez ya lo sabías, y por eso lo hiciste.
Cuando te dije que tenía miedo a enamorarme de ti, la verdad es que fui una mentirosa, porque ya lo estaba, enamorada hasta las trancas, y el miedo lo sentí en ese momento, al mirarte a los ojos y darme cuenta de que, si en este momento te perdía, no me lo iba a perdonar nunca.
Y he cumplido. No me lo he perdonado.
sábado, 14 de diciembre de 2013
Toca prosperar.
Creo que no soy la única persona que, de vez en cuando, se siente desgraciada y con ganas de acabar con todo. Se siente infravalorada, o incluso demasiado valorada para lo que ella piensa que vale.
Todos nos hemos sentido así alguna vez en nuestra vida, y... ¿qué queréis que os diga? Está bien.
Está bien sentirse así de vez en cuando. No es nada malo. La vida se basa en tener altos y bajos, y saber llevar cada situación. Nunca estarás bien si alguna vez no has estado mal.
Nunca te sentirás libre si alguna vez no te has sentido acorralado, nunca sanarán tus heridas si jamás las has tenido, y tampoco te enamorarás sin conocer, a su vez, la peor parte del amor.
Todo va encadenado, todo tiene sentido, y yo no pienso que sea ningún Dios quien mueva todo esto.
Todo lo hacemos nosotros mismos, y si tú quieres prosperar, y seguir, hazlo.
Ve por ello, busca sentirte mejor. Y, si no puedes, o no encuentras lo que quieres, simplemente espera, porque la vida pone a cada uno en su lugar, y nadie será nunca menos.
sábado, 26 de octubre de 2013
Llueve.
Me despertó la lluvia en mi sueño.
Soñaba con la playa de noche, y oía una canción de fondo, todo el rato la misma canción. Durante todo el sueño.
Hasta que me despertó un trueno, justo cuando apareciste tú. Y yo me desperté y me puse a llorar, como hacían las nubes.
Como hago siempre que sueño contigo.
Y es que nunca sueño contigo.
Por eso no estoy acostumbrada y me hace daño todo esto, me hace daño sentirme débil cuando apareces simplemente en un sueño.
Por eso me aterroriza la idea de volver a verte, y me siento increíblemente fuerte, y lo suficientemente bien como para levantarme cada día, y caminar. Porque sé que no te veré.
Sé que sólo volveremos a vernos en sueños.
miércoles, 23 de octubre de 2013
Infancia.
Cuando éramos pequeños, tendíamos a necesitar el amor de nuestra familia.
Esas personas imprescindibles, que siempre estaban allí, a las que acudías cuando te caías y te hacías daño.
Ellos te ayudaban a levantarte sin pedirte nada a cambio.
Te cuidaban, te protegían sin pedirte nada, solamente que te portases bien, y que te comieses todo lo que había en el plato.
Los que tuvimos una infancia así, tenemos suerte.
Es la etapa que nos prepara para la adolescencia, le época más dura, que te enseña a prepararte para la vida real. Que es aún más cruel.
Y, quien no haya disfrutado en la infancia, ¿cuándo lo ha hecho?
Nunca lo va a hacer.
Lo malo es que nos damos cuenta de eso demasiado tarde.
Y las heridas que nos hacemos de mayores no nos las reparan nuestros padres.
Ni nos pueden ayudar a levantarnos, ni nos sostienen.
No nos curan. Aunque lo intenten. Simplemente pensamos que no nos entienden.
Pero, ¿sabéis una de las cosas que tenemos en común con nuestra infancia?
Las heridas.
Siempre son iguales.
De pequeños siempre nos reñían por arrancarnos las costras de la piel, era como si nos gustase sufrir ese poquito, como si nos incomodase que las heridas cicatrizasen.
Pues cuando nos hacemos mayores es igual.
Rascamos y hurgamos en nuestra propia herida, por miedo, por sentirnos vivos. Y quienes no lo hacen, ya tienen las heridas de los demás.
Y, el día en el que por fin nos decidimos a dejar ir el dolor y a no volver a tocar la herida, para que cierre, es el día más vacío de nuestras vidas.
Y es que debes buscar otra cosa con la que poder herirse...
Suscribirse a:
Entradas (Atom)








